sábado, 17 de mayo de 2008

Allende: "Si quedo herido, pégame un tiro"


El médico Danilo Bartulín, que vivió los últimos momentos del presidente, reconstruye el asalto golpista a La Moneda .



El palacio de la Moneda ardía por los cuatro costados después del intenso bombardeo golpista y los milicos insurrectos ya asomaban sus fusiles por las esquinas de la calle Morande, convencidos de que ese día, 11 de septiembre del año 1973, habrían de detener al vendepatrias comunista atrincherado en el edificio bajo asedio. En uno de los salones, el presidente constitucional de Chile, Salvador Allende, disparando con la metralleta regalada por Fidel Castro, pidió un último favor a Danilo Bartulín: "Tú has sido mi mejor y más leal amigo. Si quedo herido, pégame un tiro". "Usted es el último que debe morir aquí. Antes moriremos nosotros", le respondió Bartulín.

La traición se había adueñado de la marina en Valparaíso y después de los cuartos de banderas de todo el país. La escuadrilla que atacaba la sede del Gobierno en Santiago efectuó 14 pasadas sobre el edificio donde resistían el presidente y 32 fieles, y las 28 bombas lanzadas por los cazas redujeron a escombros parte de sus instalaciones, y las esperanzas de los combatientes.
Las tropas encargadas de expugnar el edificio obedecían al general Augusto Pinochet, que había sido nombrado jefe del ejército por sus méritos en la represión del golpe del 29 de julio contra el Gobierno socialista de la Unidad Popular.
Hacia las diez de la mañana del 11 de septiembre, un edecán militar comunicó que Pinochet estaba dispuesto a enviar un vehículo para trasladar al presidente ante su presencia.
Danilo Bartulín, entonces con 33 años -médico personal de Allende, su confidente político y amigo del alma, miembro de la dirección del Grupo de Amigos Personales (GAP)-, recuerda la contestación del hombre que perdería la vida sin haber renunciado a la Presidencia. "Dile esto: que un presidente digno recibe en la Presidencia; si quiere parlamentar, que venga él aquí".
Nunca pudo hablar con Pinochet, ni con el generalato alzado contra su Administración.

"Allende, con el casco puesto, estaba tranquilo, muy sereno, pero decepcionado. Los edecanes militares de La Moneda le dijeron: 'Mire, todas las Fuerzas Armadas están en el golpe, así que renuncie'.
Él les responde: 'Ustedes pónganse a disposición de sus mandos, que yo me quedaré aquí como presidente'. Poco antes transmitiría por Radio Magallanes el discurso de la despedida; el pliego de cargos contra la deslealtad castrense, las ambiciones de la oligarquía nacional y su sometimiento a Washington: '¡Yo no voy a renunciar! Colocado en un tránsito histórico, pagaré con mi vida la lealtad al pueblo (...). Sigan ustedes sabiendo que, mucho más temprano que tarde, de nuevo se abrirán las alamedas por donde pase el hombre libre para construir una sociedad mejor".
Allende murió sin saber si su voz había sido escuchada. El bombardeo se anunció para las once y comenzó diez minutos antes del mediodía. "La primera bomba me tiró al piso [suelo] y los cristales me hicieron un corte en la mano", dice Bartulín.
¿Por qué el golpe? "Quizá el proceso de reformas fue demasiado rápido", afirma el médico de Allende, que salvó la vida milagrosamente después de año y medio de detención y salvajes torturas. El exilio le llevó a México 10 años y otros 20 a Cuba, dedicado al comercio exterior.
Salvador Allende había ganado las elecciones de 1970, en coalición con los comunistas y otros partidos menores, y durante los primeros 1.000 días de su mandato ejecutó cambios que levantaron ampollas entre el empresariado y la burguesía militar y civil: nacionalizó la banca, estatalizó los sectores claves de la economía y ejecutó una redistribución agraria que en un solo año expropió más de dos millones de hectáreas. Estados Unidos, todavía en guerra fría con la URSS, bajó el pulgar.
Richard Nixon ocupaba la Casa Blanca; Henry Kissinger, el Departamento de Estado, y George Bush, padre, estaba al frente de la CIA. "Imagínese el trío", subraya Bartulín. La ultraizquierda oficialista también presionaba para imponer sus políticas en el precario Gobierno de la Unidad Popular.
Los efectos de la pinza nacional y extranjera, y la complicidad de los sectores de la Democracia Cristiana que supieron de la conspiración cuartelera, fueron fulminantes; también pesó la decisión de Allende de comunicar a Pinochet, en quien confiaba entonces, de su decisión de convocar un plebiscito sobre su mandato.
Los conjurados aceleraron la insurrección para impedirlo. "La mañana del bombardeo, Allende nos reunió a todos en el salón de conferencias y ceremonias de La Moneda. Estábamos unas 60 personas, pero nos quedamos 33.
Nos dijo: "Tiene obligación de quedarse conmigo solamente mi guardia personal y, si quieren, todo aquel que tenga un arma y sepa disparar".
Danilo Bartulín era uno de los jefes de la guardia personal.
Usaba pistola. Aquel día llevaba dos. Los helicópteros ya ametrallaban el pétreo palacio neoclásico inaugurado dos siglos atras. "Allende dice: 'Vamos a buscar los sitios de defensa: los balcones, las ventanas, donde se pueda disparar". Bartulín se despidió por teléfono de sus tres hijos, de diez, nueve y ocho años. "Papá, ¿y la guardia de palacio?, ¿y los generales amigos?". No los había.
El presidente y su colaborador se cobijaron entre dos gruesos muros, cerca de la cocina. "Allende me pide un pedazo de pan. Le doy el pedazo de pan, y como había unos pollos troceados, le dije: 'Doctor, voy a cocinar porque a lo mejor no bombardean nunca'. Lo hicieron pronto.
La escuadrilla de Hawker Hunter bombardeó a placer al filo de las doce y durante media hora. Los dos amigos, que se habían hermanado políticamente desde los años de activismo universitario, se acurrucaron juntos para guarecerse de los impactos y ondas expansivas que derrumbaron paredes y activaron incendios en los cuatro puntos cardinales de la edificación gubernamental.
Los sitiadores lanzaron bombas lacrimógenas, los sitiados se colocaron las máscaras antigás, y la gente con instrucción castrense disparó bazucas y ametralladoras pesadas sobre el escuadrón de blindados desplegado por los accesos de La Moneda.
Bartulín cita al presidente impartiendo órdenes, dispuesto al martirio por la causa: "¡Que todo el mundo dispare. No hay rendición!".
Las bombas no mataron, pero su efecto fue demoledor sobre el ánimo de algunos leales. Doce días antes, el presidente se había reunido con dirigentes de la Democracia Cristiana, en casa del cardenal Raúl Silva, para tratar de evitar el alzamiento.
Salió de la reunión abatido: "Esa gente no quiere nada". Todo indica que los democristianos ambicionaban la presidencia de la república, de manos de los militares, para Eduardo Frei Montalva.
El fiel asesor de Allende, el colaborador al tanto de sus entrevistas, agenda y cavilaciones, tuvo una idea para abortar la asonada: movilizar a la opinión pública internacional.
"Doctor, nos está quedando una única salida.
Usted toma un avión y se va a la Cumbre de Argel [Conferencia del Movimiento de los Países No alineados], y luego se va a Roma y habla con el Papa", le aconsejó Bartulín.
Allende había sopesado esa opción, y, durante una semana, un avión estuvo listo para despegar hacia Argel, pero los partidos no autorizaron el viaje del presidente al extranjero.
"Después del bombardeo llega un momento en que la gente que estaba en La Moneda me pide que hable con el presidente para que se rinda", revela Danilo Bartulín.
El médico Arturo Girón, y Eduardo Paredes, ex jefe de la policía civil, junto con el responsable militar del GAP, conocido como Carlos, piden a Bartulín que convenza a Allende de la inutilidad de la resistencia. La Moneda era una pira, y el agua de las cañerías reventadas por la metralla caía por las escaleras e inundaba los salones y estancias de palacio, sometido a fuego cruzado. No había por dónde disparar, y los militares estaban encima. "Presidente, me hablaron para decirme que perder una batalla no es perder la guerra, y que la situación es insostenible. Allende me dijo que sí, que aceptaba la rendición".
Los médicos atan un delantal blanco a una escoba y lo enseñan por una ventana. No hubo tiempo para más. Los pelotones irrumpen por la puerta del número 80 de la calle Morande. Bartulín es detenido porque se encontraba junto a ese acceso y, boca abajo, es molido a culatazos. Allende se batía en la segunda planta, y el general Javier Palacios fue por él. Afirmó que se había suicidado. "Cualquier versión es defendible, también la del asesinato. No hay testigos presenciales", subraya Bartulín.
El posterior calvario del joven chileno de origen yugoslavo que jugaba al ajedrez con Allende hasta la madrugada, que fue su mensajero en tareas políticas confidenciales y que estuvo a su lado hasta el final, sí tuvo testigos. Durante meses le aplicaron corrientes eléctricas desnudo sobre un jergón, simularon su fusilamiento, le reventaron a golpes y mil veces creyó morir a manos de unos verdugos que disfrutaron supliciándole: "Tenías que haber envenenado al Chicho [Allende]. Serías famoso".
La única notoriedad ambicionada por Danilo Bartulín fue la resultante de su lealtad al legado de Salvador Allende, del que nunca abdicó.



Danilo Bartulín:
"Peor de lo que fue no pudo ser"
Uno de los más directos colaboradores de Allende recuerda el 11 de septiembre de 1973 en Chile


Danilo Bartulín fue médico y amigo personal de Salvador Allende. Su imagen ha pasado a la historia gracias a las últimas fotografías en las que aparecía vivo el presidente chileno, el 11 de septiembre de 1973. A su lado, su estrecho colaborador Danilo Bartulín tuvo que vivir una amarga experiencia que, tras años de silencio, ha rememorado para EL PAÍS. En la actualidad vive en el exilio, después de haber padecido el horror de las cárceles chilenas. Alejado de la actividad política, se mantiene atento al proceso que vive su país y que puede poner fin, dice, a "15 años de pesadilla".
Pregunta. ¿En qué momento fueron ustedes conscientes del significado de aquel 11 de septiembre de 1973?
Respuesta. A las 3.30 de la madrugada estábamos en la residencia presidencial. Teníamos una reunión en la que estudiábamos la posibilidad de un golpe para dentro de unos días. La primera información que llegó es que había un levantamiento parcial de la Marina en Valparaíso. Cuando vimos que la cosa no estaba clara, nos fuimos a La Moneda, a eso de las siete de la mañana. Allende habló por radio a las 7.30 y explicó lo que pasaba. Poco después hablan ya en la radio los militares de la Junta y llega el primer bando de los cuatro generales.
P. En ese momento, ¿se dan cuenta de lo que se avecina?
R. Hasta el final, creímos que había solución. La Junta Militar anunció el bombardeo del palacio de La Moneda para las once. Éramos sólo unos 30, pero no podían acercarse por tierra. Allende pidió una tregua para que salieran los civiles, las mujeres -entre las que estaban dos de sus hijas- y los carabineros que lo desearan. Nos reunió a todos y nos dijo que no se iba a rendir y que sólo tenían la obligación de quedarse con él su guardia personal y todo aquel que tuviera un fusil y supiera disparar. Nosotros teníamos bastantes armas, por eso no pudieron tomar por tierra La Moneda y tuvieron que bombardearla. Las famosas fotos en las que yo aparezco junto a Allende en La Moneda están tomadas antes de que saliera esta última gente. A los fotógrafos les quitaron los carretes, pero se salvó uno.
P. Sin embargo, la resistencia fue inútil.
R. Llega un momento, a las 11.30, en que no tenemos información de nada. Pensábamos que a lo mejor se habían decidido a no hacer el bombardeo. A las 11.55 cae la primera bomba. Cayeron 28 bombas, en 14 pasadas de los aviones. Empezó el incendio. Caía agua. Seguíamos disparando, tal y como ordenaba Allende. Él me envió a ver si a través de un citófono conectado con el exterior podíamos tener noticias. Era muy difícil respirar, porque tiraron bombas lacrimógenas. En ese instante entraron por el Patio de Invierno 30 soldados disparando y golpeando a todos con las culatas. En realidad, fui el primer preso de La Moneda, ya que me cogieron abajo intentando conectar con el exterior. Lo último que recuerdo de Allende es cuando me dijo: "Tú eres mi mejor y más leal amigo. Si yo quedo herido, pégame un tiro".
"Disparó hasta el final"
P. ¿Esa fue la última vez que vio a Allende vivo?
R. En efecto, porque a mí me sacaron al exterior y me tumbaron. Desde el suelo vi que iba saliendo todo el mundo, pero Allende no bajó. Subieron a por él. Según el relato que los mismos militares hicieron con posterioridad, Allende disparó hasta el final, murió con el cargador vacío. Después se propagó la versión de su suicidio. Hay una foto en la que aparece sentado en un sillón en una posición inverosímil. La autopsia reveló doble dirección de los disparos mortales. Es ridículo creer que se pudiera disparar dos veces con un fusil desde tan cerca. Lo prepararon para que pareciera una foto de suicida. La autopsia se hizo en el Hospital Militar. A nadie le dejaron ver el cadáver, aunque algunos médicos dijeron que tenía más de 50 balazos.
P. ¿En ningún momento se barajó la idea de intentar salvar la vida de Allende?
R. En varias ocasiones. Yo consideraba que era mejor Allende vivo que muerto. Teníamos incluso un plan previsto para poder salir con él y encerrarnos en una población popular. Sin embargo, Allende pensaba que La Moneda era el símbolo del poder constitucional y que no se podía ceder. Dudó varias veces en utilizar el operativo, pero no quiso hacerlo. A lo mejor eso hubiera cambiado la historia de Chile. Peor de lo que fue no pudo ser.

domingo, 11 de mayo de 2008

Ya no son los mismos

Una dura prueba es la que están viviendo en estos días quienes por años han enarbolado la bandera de la libertad de prensa y, sin embargo, hoy se aterran con las consecuencias que podría tener la reciente sentencia del Tribunal del Centro Internacional de Arreglo de Diferencias relativas a Inversiones (CIADI) que favoreció a los propietarios del diario Clarín, Víctor Pey y la Fundación Presidente Allende.


Una “prueba de blancura” que obliga a quienes se han quejado de las nefastas consecuencias del duopolio. Sin ir más lejos, la misma Presidenta de la República , quien en una conversación informal sostenida en la antesala de la Unidad de Tratamiento Intensivos del Hospital Clínico de la Universidad Católica , donde agonizaba entonces el político y Premio Nacional de Literatura 2002, Volodia Teitelboim, se quejaba de lo que denominó “el cerco comunicacional”.
Con desazón les comentaba al Presidente del Partido Comunista y al Secretario General de la colectividad, entre otros, la frustración que la embargaba ante la imposibilidad de que las verdaderas obras y adelantos de su gobierno no tuvieran cobertura periodística por parte de La Tercera ni El Mercurio pero sí, en cambio, la recibieran las noticias relativas a escándalos por faltas a la probidad o a hechos delictuales.
Esta periodista le preguntó entonces a la mandataria, por qué era el Estado uno de los principales avisadores de El Mercurio, especialmente, si recibía, a su juicio, un trato tan injusto; que por qué no enviaba una orden a los ministerios para que a través del avisaje dieran preferencia a otros medios de comunicación, que no fueran parte del denominado “duopolio”, por ejemplo a Radio Universidad de Chile, la radio que piensa y que tan caro le ha costado su pensamiento crítico e independiente.
Para sorpresa de los presentes, la Presidenta dijo entonces que ya lo había hecho pero que su orden era desoída. Se produjo entonces, un breve momento de perplejidad y silencio.

La clara manifestación de la voluntad expresada primero por Víctor Pey y luego, por la Fundación Presidente Allende de revivir el mítico diario Clarín, en el caso de contar con los recursos provenientes de un fallo favorable, abre la esperanza de romper este “cerco comunicacional” que tan descorazonada tiene a la Mandataria.
Por cierto que este nuevo medio de comunicación no sería obsecuente a las directrices estatales, menos aún si, como lo manifestara el mismo Pey hace apenas una semana, el Clarín del siglo XXI seguiría, “firme junto al pueblo”, como rezaba bajo el título del tabloide.
Pero quienes están comprometidos verdaderamente con los valores de la democracia no podrían sino estar contentos con la posibilidad de abrir una nueva ventana para que entre aire fresco a través de una prensa independiente, que tan golpeada ha sido por esta Transición que prometía alegría y diversidad de colores, como los del arcoiris, y que nos ha condenado al blanco y negro.

Y es que la palabra es más fuerte que un fusil. Así lo recordaba esta semana la escritora nicaragüense Gioconda Belli en visita a nuestro país, una revolucionaria sandinista que vivió el rigor y las consecuencias de esa lucha en contra de la dictadura de Somoza, y que hoy, tiene a sus libros como bayonetas que se introducen en las mentes de sus lectores con la idea de cambiar el mundo.
El mismo imperativo ético que tenemos los periodistas, de entender, primero y luego cambiar el mundo.


El gobierno anunció que apelará al fallo y que busca sea declarado nulo…Quizás tienen miedo, de qué otra manera comprender la actitud de esos luchadores de entonces y que hoy, ya no son los mismos.

lunes, 28 de abril de 2008

Mensaje tras el Golpe de Estado.

Queridos hermanos:
No tenemos otro anhelo que encarnar, en medio de vosotros, a Cristo, el Señor; no deseamos sino ser fiel eco de aquél que dijo: Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian, bendecid a los que os maldigan, rogad por los que os maltratan. Lo que queráis que los hombres os hagan hacédselos vosotros igualmente... haced el bien y prestad sin esperar nada en cambio, y seréis hijos del Altísimo porque El es bueno con los ingratos y los perversos...

El ideal de amor, que quisiéramos vivir en plenitud y hacerlo vivir a nuestro alrededor, exige sacrificios, luchas y superaciones no fáciles de aceptar y emprender. Pero sólo ese ideal realmente aceptado y realizado puede construir un mundo mejor, más humano y más justo.

Sólo ese ideal, encarnado en nuestro Chile, lo hará recuperar su verdadero rostro, y hará renacer entre nosotros el calor del hogar, los lazos de la familia, de la fraternidad que tanto anhelamos. Deseamos ardientemente destruir el odio para evitar que el odio mate el alma de Chile.

Vuestro Pastor sólo quiere servir a todos, y muy especialmente a los pobres, a los humildes, a los que sufren. Si logra enjugar una lágrima, mitigar un dolor, aunque esto sea a costa de grandes incomprensiones, se sentirá feliz. Sólo quiere amar y servir; humildemente pide para esta su actitud, comprensión y respeto.

Que la Madre de Jesucristo y Madre de Chile nos obtenga de El la justicia y la paz. Que el Señor ilumine con su gracia a nuestros gobernantes, para que cuanto antes consigan, como lo han expresado, que la normalidad institucional se restablezca y todos los chilenos nos sintamos verdaderamente hermanos.

RAUL SILVA HENRIQUEZ
Cardenal Arzobispo de Santiago

Santiago, 16 de Septiembre de 1973.

domingo, 20 de enero de 2008

La última entrevista de Patricia Verdugo


“El periodismo que me enseñaron no me dejó escapatoria”
“La gran periodista Patricia Verdugo murió el domingo pasado, 13 de enero, a las diez y media de la noche, en el Hospital Clínico de la Universidad Católica. Su último y sencillo orgullo fue saber que podía “mirar a los hijos a los ojos, cuando la pregunta es: mamá, papá, ¿qué hiciste tú en ese tiempo? Mirarlos a los ojos”.
Estaba sentada en la terraza, junto a una mesa redonda con mantel blanco, vasos de agua, papeles, periódicos. En la puerta debe estar todavía un letrero que dice Casa Mater y "Bienvenido al territorio libre de mi casa".
Con una voz sedada y sedante, sonrió: "Espero que pueda hacerla bien". Se refería a esta entrevista.
Tenía 60 años recién cumplidos, era un ícono del periodismo chileno y había tenido una vida de novela. "Todo puede cambiar dijo , los maridos, los países, las casas, pero los hijos son para siempre". Dos de sus hijos murieron, muy pequeños, y Felipe fue encargado desde el principio al ángel de la guarda. "Cuando volví de la clínica me quedé mirando a Felipe para ver que respirara... Y entonces decidí: yo no puedo controlar nada de la vida, no puedo ni siquiera retener la vida de mis hijos, y por tanto, Señor, cuídalo, ángel de la guarda, cuídalo. Y que sea lo que tenga que ser. De ahí en adelante ¡son tan libres! que no se le ocurrió nada mejor a Felipe, y después a Diego, ¡que correr en motocross! Pero la libertad es clave, amarlos libremente. Y eso parte con ama a los demás como a ti mismo "
De los preceptos cristianos, ¿ese es el que más te impresiona?
No. La palabra más importante es "hágase Tu voluntad". Para entregarte, para confiar.

LENTES AHUMADOS Y LOS ZARPAZOS DEL PUMA
Patricia trabajaba en la revista "Ercilla" y tenía dos niños cuando su padre, Sergio Verdugo fue secuestrado por efectivos de la Dirección de Inteligencia de Carabineros. Varios días después, su cuerpo fue encontrado en el río Mapocho con huellas de tortura. Entonces comenzó la investigación periodística más importante de su vida. Era julio de 1976. Dos décadas más tarde diría: "Nosotros hicimos todo lo posible".
Luego de tres libros quemantes, "Una herida abierta" (1979), "André de la Victoria" (1984) y "Quemados vivos" (1986), una tarde de 1989, "Los zarpazos del puma" estaba en la calle.
La verdad estallaba.
Patricia Verdugo había escrito esa historia, y lo había hecho con el dramatismo exacto, con la precisión de una obra maestra; sólo que todo era rigurosamente cierto. Una amiga la llamó: "Ven inmediatamente". Ya en la boca del Metro escuchó los gritos, el título de su libro del que se vendieron 100 mil copias sólo en las primeras semanas.
"Me dio susto. Me dio tanta sensación de terror, que saqué mis anteojos ahumados y me los puse, como si alguien pudiese reconocerme. Cuando yo podía caminar por el medio de la Alameda entre todos los libros, y nadie hubiera dicho ahí va la autora, pero igual me puse los anteojos ahumados para pasar entre todos, porque me daba pudor. Eso, pudor".
Tú siempre hubieras sido una periodista notable. Pero el asesinato de tu padre fue un vuelco...
El asesinato de mi padre me hizo más sensible a lo que sienten los otros. Quizás yo puedo haber aprendido a escribir mejor, para poder compartir eso. Porque ¡cómo decirles a los otros lo que significa eso!
¿Toda la vida fuiste súper woman, de no desmayar y no temer, o temer y pasar por encima del miedo?
Es que alguna vez, ante una amenaza más concreta, oí decir "vámonos al exilio", pero entre llorar con otros chilenos en Austria, ¡yo prefería llorar aquí...! Fue tan fuerte, tan fuerte, la fraternidad que hubo entre los que dábamos la lucha como pudiéramos... Yo creo que en el momento clave de la historia de los seres humanos se abren dos posibilidades: ser una buena persona, ética y moral, o ser un canalla. Cuánto lamento los que cruzaron la puerta de ser canallas, pero yo sé lo que se siente de cruzar la puerta de ser, de tratar de ser ético. Es una gran felicidad. Te permite mirar a los hijos a los ojos, cuando la pregunta es "mamá, papá, ¿qué hiciste tú en ese tiempo?". Mirarlos a los ojos.
En "Bucarest 187" dices: "Nosotros hicimos todo lo posible".
Sí. Eso no tiene que ver con Aylwin, sino con los familiares de las víctimas. Hicimos todo lo posible a pesar de que había un Presidente que creía que la justicia tenía medida, cuando la justicia es justicia y punto.
¿Cómo abrieron la puerta ética en una revista censurada?
En todas las revistas disidentes, algo siempre se quedó en el tintero de la censura. Pensábamos que se podía traspasar el límite, y entonces los directores tenían que medir, un mes de clausura, dos meses. Por eso yo no pude entender, cuando estalló el caso Arellano, cómo la revista "Hoy" mientras "Apsi" y "Análisis" lo llevaban en portada , pasó dos o tres semanas sin mencionarlo, porque el director era amigo del hijo de Arellano. ¡Imagínate! Me fui de "Hoy".
Las mujeres periodistas cumplieron un rol muy importante en este tiempo.
Como no podíamos hacer reportajes, ni emitir opiniones, todo se redujo durante un tiempo a puras entrevistas. ¿Cómo hacer la pregunta que permitiera que el general o el coronel dijera, se acercara, a lo que uno quería que contara? A un general, a un coronel, una periodista mujer le baja la guardia. Ya no es un soldado del periodismo el que entró. No. Es una mujer. Una mujer con quien a él le han enseñado a ser galán, amable. No lo puede evitar. Y, además, tiene que ser valiente. Si ella pregunta algo atrevido, él no puede quedar en menos. Jugamos a ese juego durante un tiempo, incluida la revista "Cosas". En los "setenta", el periodismo es nada más "que lo digan ellos", "ellos lo dijeron". Incluso los hacíamos revisar y firmar sus entrevistas.
¿La investigación sobre la muerte de tu padre fue un trabajo extremo?
Yo no quería hacerla. No podía hacerla. Pero nadie hizo el caso de mi papá. Qué habría dado porque una de mis amigas periodistas lo tomara. Hubo un momento en que había una jueza de probada honestidad, Dobra Lusic, y además un policía Héctor Arenas que se creía el rol del policía que tiene que encontrar la verdad, como en las películas. Y fui a Canadá para intentar que se extraditara al hombre que yo creo fue el hechor material...
Hasta ese punto llega tu libro "Bucarest 187".
Después pasaron otras cosas. El caso quedó cerrado por Amnistía. Simplemente hay un almirante, Troncoso, y un general, Brown Galleguillos, que están libres por las calles y no les ha pasado nada, no han tenido ni una hora de detención, y ellos participaron en el crimen de mi padre.
Tú cuentas en "Bucarest" que en las misas de la Vicaría de la Solidaridad se rezaba tanto por las víctimas como por los victimarios...
Todos eran víctimas, es verdad. Pero la impunidad es la violencia invisible de Chile. Estamos rodeados de hechos que producen ira. Duele estar pagándoles la pensión todos los meses a los que mataron a mi papá, a los que torturaron. Uno dice: perdón, ¿de qué se trata todo esto? Y esto tiene una razón política, la impunidad no es una casualidad, es el resultado del pacto. Tal como acaba de develarse que Lagos y la derecha hicieron un pacto para el indulto de los militares y no nos enteramos en su momento; fue un secreto de Estado. Bueno, así también hubo un pacto para que Pinochet no fuera tocado. O sea, Pinochet, de acuerdo a eso, debió morir como senador vitalicio. Fuimos nosotros los que les echamos a perder la fiesta... Que alguien de la UDI crea que salvó al país del marxismo, es obvio, pero que alguien del Partido Socialista vote por cosas que benefician a la UDI en materia de impunidad respecto a sus compañeros asesinados, eso es lo que no tiene explicación.
¿Cómo ves al país ahora?
Yo lo veo tenso; uno podía predecir un aumento de la delincuencia y de la impunidad de los delincuentes, a partir de la impunidad de Pinochet. ¡Cómo robaron, cómo mataron, y no tienen castigo! El castigo que estaba llegando a algunos era porque ya venía el indulto: no se preocupe, general; no se preocupe, coronel, le va a tocar a lo más un año; dos, porque ya viene el indulto. Nosotros no sabíamos. Nosotros celebrando que se haría justicia...
En la grabadora sonó un clic y Patricia preguntó la hora. Eran las doce, yo iba a esperar a un radiotaxi, ella iba al médico. Cuando nos despedimos, la escritora de "Los zarpazos del puma" me tomó las manos. Cartera al hombro, ojos negros y brillantes, sonrió guapa y tranquila, y me dijo con una voz bajita: "Dame energía".

miércoles, 2 de enero de 2008

Tom Hanks será el “Elvis rojo” que apoyó a Allende









El actor estadounidense Tom Hanks adquirió hace algún tiempo los derechos para llevar a la pantalla grande la vida de Dean Reed, un rubio cantante norteamericano que abrazó la causa comunista, cuestión que lo llevó desde la fama en la República Democrática Alemana hasta la depresión y la muerte. En el camino conoció Argentina, la Unión Soviética y el Chile de Salvador Allende, apoyando su campaña electoral, e incluso cantó "Venceremos" con los obreros en el Chile de Pinochet.
El estilo de Reed hacía recordar a un grande, a un rey. Por eso, fue conocido en la RDA como el Elvis Rojo, la antítesis perfecta del gran ídolo capitalista que triunfaba en los escenarios de Hollywood. Hanks le compró los derechos de la historia a su viuda Renate Blume, la última mujer con la que compartió antes de quitarse la vida.
Dean Reed, que alguna vez participó en las milicias del Líbano, actuó en películas propagandísticas del régimen germano-oriental de la República Democrática Alemana y se reconoció como uno de los mayores admiradores de Yaser Arafat, murió a los 48 años, el 16 de julio de 1986, sumergiéndose por última vez en el lago cercano a su casa de Berlín.
El actor Tom Hanks encarnará en el cine al denominado "Elvis Rojo", Dean Read, el cantante estadounidense que eligió vivir bajo el régimen comunista de la RDA y abrazó la causa revolucionaria conmocionado por la muerte de Salvador Allende.
Reed, aclamado por la República Democrática Alemana (RDA) como la antítesis anticapitalista del Presley de Memphis (EEUU), apareció muerto el 17 junio de 1986, con 48 años, en el lago a orillas de su casa, en los alrededores de Berlín.
Según ha explicado la propia Blume, en un documental dirigido por el alemán Leopold Grün, Reed sufría por entonces una fuerte depresión, se sentía "abandonado" por el público y echaba de menos su país, al que había dado la espalda décadas atrás.
Se le conoció como el Presley "rojo" porque en sus inicios buscó la fama apuntalado en un voz y un estilo similares al de Memphis.
Nacido en Colorado, en 1938, se hizo célebre entre el público de la RDA como héroe que renegó de EEUU para abrazar el comunismo.
Aprendió español en el Chile de Allende, luego pasó un tiempo en Argentina, de ahí fue a la Unión Soviética y luego a la RDA.
Volvió a Chile, ya con Pinochet, para entonar con los mineros un legendario "Venceremos", en 1983, y estuvo entre los fervientes admiradores de Yaser Arafat.

Spielberg llevará al cine historia de imitador de Elvis que triunfó en Chile
El director de "Munich", junto a Tom Hanks, pretende realizar una cinta sobre la vida de Dean Reed, el "Elvis Rojo", proyecto paralelo a un documental alemán cuyos responsables se encuentran trabajando en el país.

Steven Spielberg y Tom Hanks compraron los derechos del filme y ya se han asegurado testimonios exclusivos sobre el artista para llevar su vida a la gran pantalla en un futuro cercano.

En lo inmediato, un grupo de realizadores alemanes se encuentran en Chile para recopilar material sobre el denominado "Elvis rojo".

El recorrido fílmico partió en Alemania, donde murió el artista hace 20 años y ha traído a Chile a su realizador, el germano Leopold Grün, en busca de nuevas pistas sobre la extravagante historia.

"En Alemania del Este tuvo éxito con sus discos. Para nosotros no era especialmente simpático en realidad por ese lado, pero cuando empezamos a investigar nos pareció una figura realmente fascinante", señaló el director a Libre Acceso.

"Primero comenzamos en nuestro país y después nos dimos cuenta de que en realidad el Dean Reed más interesante era el que había vivido afuera, sobre todo en países como Chile y Argentina", sostuvo.

"Aquí (en Chile) fue realmente una estrella. Aquí nos hemos dado cuenta del personaje que fue", sostuvo Leopold Grün.

La historia de Dean Reed

Nacido en Colorado en 1938, Dean Reed llegó a Latinoamérica con poco más de 20 años, en busca de la popularidad que, por su total falta de talento, no pudo conseguir en Estados Unidos.

Bien parecido y angloparlante, sus pésimos covers del rey del rock fueron, sin embargo, bien recibidos por el público chileno, que lo transformó en un ídolo de los años sesenta.

Con constantes viajes a Chile y convertido en un ídolo de masas, su vida cambió para siempre a fines de los años sesenta, tras visitar una población marginal de Santiago.

De ahí en adelante su creciente consciencia social le haría participar de la campaña de Salvador Allende, hacer amistad con los exponentes de la Nueva Canción Chilena e incluso efectuar acciones de protesta, tal como señaló la diputada Isabel Allende.

"A mí me llamó mucho la atención como este joven que llegó en los 60, que era una estrella de rock muy popular y muy buen mozo fue empapándose de todo el proceso que se iba viviendo en Chile, de los movimientos sociales, de la participación y el canto popular", indicó la parlamentaria.

"El episodio quizás más notable es cuando él, frente al consulado norteamericano (estadounidense) lavó una bandera norteamericana como una señal de protesta por las intervenciones de Estados Unidos en Vietnam", dijo la hija del derrocado presidente.

Residente de Alemania Oriental, Dean Reed conoció de lejos los alcances del Golpe de 1973, que llegó mientras él mientras triunfaba en Europa del Este.

De todas formas apoyó económicamente algunas acciones de la resistencia chilena, y hasta viajó personalmente a Chile en 1983, para participar en algunas acciones de protesta, que le significaron la expulsión.

Las dudas sobre su deceso

Hombre atlético y de buena salud, la muerte de Dean Reed en junio de 1986 se convirtió en un misterio, al aparecer ahogado en un lago de poca profundidad y sin rasgos de alcohol o enfermedad previa.

Esta situación también formará parte de la trama del documental alemán "El Elvis rojo", que recuperará testimonios de la época, imágenes de archivo e importantes datos biográficos, todo condimentado por la música del mismo Dean Reed pero modernizada y arreglada por el realizador del filme.