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jueves, 24 de mayo de 2012

¿Quién mató a Víctor Jara?

El jueves 25 de mayo, un grupo de personas llegó hasta el piso 14 de la superintendencia de AFP para “funar” a Edwin Dimter Bianchi, jefe del departamento de control de instituciones. La página de la “Comisión Funa”, publicó ese día una advertencia a Dimter (“estás funao”), lo llamó “asesino del Estadio Chile” y publicó un alias: “El príncipe”, su mail y teléfonos comerciales.
Al final de esa página, la comisión hizo el siguiente llamado: “Por la memoria de Víctor Jara / Si no hay justicia / hay funa”.
A partir de entonces, el mundo online se ha llenado de referencias al hecho. No ha ocurrido lo mismo con los medios tradicionales.
De la prensa, sólo “La Nación” hizo un reporte del incidente, firmado por la periodista Pascale Bonnefoy.
Antes, el 15 de marzo, Mario Aguilera, del desaparecido “Diario Siete” firmó la nota que contaba del careo entre cinco ex prisioneros y tres ex uniformados que estuvieron en el Estadio Chile (hoy Estadio Víctor Jara) en septiembre de 1973.
Esos tres uniformados eran el teniente coronel (r) Roberto Souper, y los tenientes (r) Raúl Jofré González y Edwin Dimter Bianchi.
Para aquellos con la edad suficiente para acordarse, estos nombres tienen que haber hecho sonar varias campanas: fueron los oficiales arrestrados tras el “Tanquetazo”, el fracasado golpe contra Salvador Allende ocurrido en junio de 1973, y sofocado, entre otros, por un tal Augusto Pinochet.
“Hay un grupo de oficiales”, dice la nota de Aguilera, “entre los cuales los detenidos reconocen por nombres a algunos de ellos que tienen una seria responsabilidad en términos de los apremios, de las flagelaciones y del maltrato que se dio a los detenidos y aseguran que también están las personas que violentaron brutalmente a Víctor Jara”.
Estos oficiales, que desde junio de 1973 habían estado presos, pasaron el 11 de septiembre de ser los presos a ser quienes mantenían presos a sus adversarios.
Si uno googlea “Edwin Dimter Bianchi” (al menos el 9 de junio, a las 13:25), la primera entrada remite a una página del pacto Juntos Podemos, que no despliega nada, pero en el texto que aparece en google se puede apreciar PODEMOS Forums-viewtopic-EDWIN DIMTER BIANCHI ASESINO DE VICTOR JARA. Otro blog (cuarta entrada google) también califica a Dimter como “Asesino de Víctor Jara”.
Rie.cl, la página de la Federación de Estudiantes de la Universidad de Chile (quinta entrada), titula “Funan a Edwin Dimter Bianchi, asesino de Víctor Jara”.
La sexta entrada correponde http://www.cctt.cl/din/?q=node/view/1279: “Este es el asesino de Victor Jara: Edwin Dimter Bianchi, alias ´El Príncipe´”.
La séptima entrada, la del Movimiento Generación Ochenta, tiene un título más largo: “Edwin Dimter Bianchi, señalado por testigos como el responsable directo de la muerte del cantautor FUNADO EL ASESINO DE VÍCTOR JARA”.
La nota cita al abogado de derechos humanos Nelson Caucoto, y en ninguna parte dice que Dimter sea el autor material del asesinato de Víctor Jara, pero sí da a conocer lo que ya Aguilera había anticipado en “Siete”: que hay más de un testigo del proceso que lo reconoce como “El príncipe”, el jefe del Estadio Chile en los días posteriores al golpe.
Nelson Caucoto señala que no se ha acreditado en el proceso que Dimter sea “El Príncipe” ni el asesino de Jara, y que no tiene idea de cómo internet llegó a unir la identidad de Dimter con la del “Príncipe” o la del asesino de Jara.
Sin embargo, añade que la “funa” no fue tan injustificada porque de los tres uniformados sólo Dimter Bianchi corresponde al tipo físico (rubio, alto) que los ex prisioneros describen como “El Príncipe”.
A lo largo de los años no se han podido encontrar testigos del momento de la muerte de Víctor Jara. En 2004, el periodista Cristóbal Peña reconstituyó para Rolling Stone el paso de Jara por el Estadio Chile (el reportaje ganó el premio Periodismo de Excelencia de la UAH 2004; y el Natali, un premio que otorga la Unión Europea).
El jueves 13 de septiembre de 1973, dice Peña en su reportaje, los focos del estadio apuntaron hacia un militar “alto, provisto de una metralleta punto 30, casco de combate y lentes oscuros modelo Augusto Pinochet”.
Uno de los testigos entrevistados por Peña, Osiel Núñez, entonces presidente del centro de alumnos de la Universidad Técnica del Estado (hoy Universidad de Santiago), recordó así el encuentro: “El tipo se vanagloriaba del timbre de voz, porque a diferencia de otros, no necesitaba micrófono para dirigirse a los detenidos.
Después que respondíamos a sus gritos, nos miraba y decía: Qué bien hablo. Soy un príncipe”. El apodo quedó y hoy, según el reportaje de Bonnefoy, al menos seis testigos han identificado a Dimter como “El príncipe”, “en persona y por fotografías”, entre ellos “un oficial de ejército en retiro”.Según el reportaje de Bonnefoy, que cita a Caucoto, el propio Dimter reconoció ante el juez Juan Eduardo Fuentes haber estado en el Estadio Chile, aunque negó ser “el príncipe”.
Entre las acusaciones más graves que se le hacen al príncipe (de las más suaves: entretenerse golpeando los testículos de los detenidos con un linchaco) está haber ordenado matar a culatazos a un detenido con el que se tropezó.
La familia Jara presentó en 1998 una querella criminal contra Augusto Pinochet por la muerte de Víctor Jara. Finalmente, esa causa consiguió por primera vez la identidad de al menos un militar que estuvo en el Estadio Chile: Mario Manríquez Bravo, coronel en retiro, procesado por el homicidio de Jara. Sin embargo, al menos un testimonio de ese proceso asignó a “Manríquez” (el testigo no le sabía el nombre entero) labores “administrativas”, y sindicó como interrogadores-torturadores a Miguel Krassnoff Marchenko y a otro teniente cuyo nombre olvidó.
Ese testimonio no logró entregar la identidad del asesino de Víctor Jara, tampoco en términos administrativos.
Así lo reconoce el artículo de Bonnefoy, pero añade que “numerosos” testimonios apuntan “al Príncipe”.
Los últimos días en la vida de Víctor Jara se han reconstituido a través de trabajo periodístico serio y de calidad. El artículo de Peña lo sitúa en la madrugada del sábado 15.
Dos soldados se acercan y se lo llevan del grupo en que estaba “por encargo del Príncipe”. Boris Navia, uno de los detenidos en ese grupo, vio cómo se lo llevaban hasta las casetas de transmisión, y vio que al menos dos oficiales (no el Príncipe, pero éste estaba presente), lo golpeaban allí. Carlos Orellana (el ex editor de editorial Planeta), otro detenido, lo vio momentos más tarde, en unos camarines del subterráneo.
Pudieron hablar durante un permiso que les dieron para ir al baño. Jara le dijo que había un soplón en el grupo de prisioneros, pero Orellana no recordó frente a Peña el nombre. A las siete de la tarde Osiel Núñez compartió una fila de “peces gordos” con Jara. “poco antes de avanzar pasó un oficial que separó de la fila a Víctor y a Danilo Bartulín, uno de los médicos de Salvador Allende”.
Bartulín logró sobrevivir, y lo último que figura de él es que fue o es el representante en Cuba de los ascensores Otis, pero de acuerdo a lo que Caucoto contó, nunca se ha presentado a dar su testimonio ante la justicia chilena. Su testimonio alcanzó a ser recogido en 1976, en México, el primero en ponerlo online ha sido el sitio Patriagrande.net., de Héctor Velarde.
Lamentablemente, el testimonio no está firmado.
Un narrador –que según se desprende del texto estuvo con Víctor Jara en la UTE antes de que ésta fuera allanada (¿el cubano Jorge Timossi?)- es quien efectúa la entrevista. Bartulín, según este narrador, es uno de los hombres que sale al lado de Allende (no dice cual) en la última foto que se le tomó.
Este testimonio de Bartulín hace dos referencias a haber estado con Jara: una sesión de tortura en la que a él el torturador le convida un cigarro, pero no a Jara; y luego la que parece ser la escena que describe Núñez en el reportaje de Peña.
Bartulín dice: “Casi tres días estuvimos juntos Víctor y yo en el Estadio de Chile”, pero no queda claro si los dos episodios que menciona están separados por tres días. Luego, menciona que el “comandante” Manríquez separa del último grupo de prisioneros del Estadio Chile que abandonaba el recinto con rumbo al Estadio Nacional, a él, a Litré Quiroga y a Víctor Jara. La orden era llevarlos “abajo”.
“Allí tenían habilitada una cámara, en lo que había sido guardarropía y varios baños”, dice Bartulín. “Muchos de nuestros compañeros fueron llevados allí, pero nadie volvió. Una vez que me condujeron al interrogatorio y, al pasar, vi un montón de cadáveres, de cuerpos masacrados y desmembrados”.
Una vez “abajo”, Bartulín y Jara fueron puestos dentro un baño, y Litré Quiroga en el del lado. Sorpresivamente, Bartulín fue sacado de ahí. Después, el cadáver de Jara fue arrojado a la calle; el de Litré Quiroga también.La información sobre la “funa” corrió casi solo por internet: cadenas de e-mails, blogs, sitios.
En “La Tercera” hubo una breve nota en la que se afirmaba que Dimter Bianchi había sido despedido de su trabajo. La comunidad online ha saltado automáticamente a la conclusión de que “se encontró” al asesino de Víctor Jara.
La verdad es que hasta ahora nadie ha identificado con certeza a Dimter como "El Príncipe" o “el asesino de Víctor Jara”. Es muy probable que “El Príncipe” haya sido el asesino, o que haya dado la orden de matar, pero “probable” no significa “seguro”.
No es poca cosa ser “El Príncipe” ni serlo y al mismo
 tiempo trabajar en la administración pública –y más encima ser un exonerado político, que sí lo era Dimter-, y menos son poca cosa las muertes de Víctor Jara y de Litré Quiroga.
Tampoco lo es que en estricto rigor el periodismo, aún haciendo bien su pega, no pueda develar el misterio del asesino de Jara, y que la única forma de saber con certeza absoluta quién mató al artista es la confesión de su asesino.




sábado, 17 de mayo de 2008

Allende: "Si quedo herido, pégame un tiro"


El médico Danilo Bartulín, que vivió los últimos momentos del presidente, reconstruye el asalto golpista a La Moneda .



El palacio de la Moneda ardía por los cuatro costados después del intenso bombardeo golpista y los milicos insurrectos ya asomaban sus fusiles por las esquinas de la calle Morande, convencidos de que ese día, 11 de septiembre del año 1973, habrían de detener al vendepatrias comunista atrincherado en el edificio bajo asedio. En uno de los salones, el presidente constitucional de Chile, Salvador Allende, disparando con la metralleta regalada por Fidel Castro, pidió un último favor a Danilo Bartulín: "Tú has sido mi mejor y más leal amigo. Si quedo herido, pégame un tiro". "Usted es el último que debe morir aquí. Antes moriremos nosotros", le respondió Bartulín.

La traición se había adueñado de la marina en Valparaíso y después de los cuartos de banderas de todo el país. La escuadrilla que atacaba la sede del Gobierno en Santiago efectuó 14 pasadas sobre el edificio donde resistían el presidente y 32 fieles, y las 28 bombas lanzadas por los cazas redujeron a escombros parte de sus instalaciones, y las esperanzas de los combatientes.
Las tropas encargadas de expugnar el edificio obedecían al general Augusto Pinochet, que había sido nombrado jefe del ejército por sus méritos en la represión del golpe del 29 de julio contra el Gobierno socialista de la Unidad Popular.
Hacia las diez de la mañana del 11 de septiembre, un edecán militar comunicó que Pinochet estaba dispuesto a enviar un vehículo para trasladar al presidente ante su presencia.
Danilo Bartulín, entonces con 33 años -médico personal de Allende, su confidente político y amigo del alma, miembro de la dirección del Grupo de Amigos Personales (GAP)-, recuerda la contestación del hombre que perdería la vida sin haber renunciado a la Presidencia. "Dile esto: que un presidente digno recibe en la Presidencia; si quiere parlamentar, que venga él aquí".
Nunca pudo hablar con Pinochet, ni con el generalato alzado contra su Administración.

"Allende, con el casco puesto, estaba tranquilo, muy sereno, pero decepcionado. Los edecanes militares de La Moneda le dijeron: 'Mire, todas las Fuerzas Armadas están en el golpe, así que renuncie'.
Él les responde: 'Ustedes pónganse a disposición de sus mandos, que yo me quedaré aquí como presidente'. Poco antes transmitiría por Radio Magallanes el discurso de la despedida; el pliego de cargos contra la deslealtad castrense, las ambiciones de la oligarquía nacional y su sometimiento a Washington: '¡Yo no voy a renunciar! Colocado en un tránsito histórico, pagaré con mi vida la lealtad al pueblo (...). Sigan ustedes sabiendo que, mucho más temprano que tarde, de nuevo se abrirán las alamedas por donde pase el hombre libre para construir una sociedad mejor".
Allende murió sin saber si su voz había sido escuchada. El bombardeo se anunció para las once y comenzó diez minutos antes del mediodía. "La primera bomba me tiró al piso [suelo] y los cristales me hicieron un corte en la mano", dice Bartulín.
¿Por qué el golpe? "Quizá el proceso de reformas fue demasiado rápido", afirma el médico de Allende, que salvó la vida milagrosamente después de año y medio de detención y salvajes torturas. El exilio le llevó a México 10 años y otros 20 a Cuba, dedicado al comercio exterior.
Salvador Allende había ganado las elecciones de 1970, en coalición con los comunistas y otros partidos menores, y durante los primeros 1.000 días de su mandato ejecutó cambios que levantaron ampollas entre el empresariado y la burguesía militar y civil: nacionalizó la banca, estatalizó los sectores claves de la economía y ejecutó una redistribución agraria que en un solo año expropió más de dos millones de hectáreas. Estados Unidos, todavía en guerra fría con la URSS, bajó el pulgar.
Richard Nixon ocupaba la Casa Blanca; Henry Kissinger, el Departamento de Estado, y George Bush, padre, estaba al frente de la CIA. "Imagínese el trío", subraya Bartulín. La ultraizquierda oficialista también presionaba para imponer sus políticas en el precario Gobierno de la Unidad Popular.
Los efectos de la pinza nacional y extranjera, y la complicidad de los sectores de la Democracia Cristiana que supieron de la conspiración cuartelera, fueron fulminantes; también pesó la decisión de Allende de comunicar a Pinochet, en quien confiaba entonces, de su decisión de convocar un plebiscito sobre su mandato.
Los conjurados aceleraron la insurrección para impedirlo. "La mañana del bombardeo, Allende nos reunió a todos en el salón de conferencias y ceremonias de La Moneda. Estábamos unas 60 personas, pero nos quedamos 33.
Nos dijo: "Tiene obligación de quedarse conmigo solamente mi guardia personal y, si quieren, todo aquel que tenga un arma y sepa disparar".
Danilo Bartulín era uno de los jefes de la guardia personal.
Usaba pistola. Aquel día llevaba dos. Los helicópteros ya ametrallaban el pétreo palacio neoclásico inaugurado dos siglos atras. "Allende dice: 'Vamos a buscar los sitios de defensa: los balcones, las ventanas, donde se pueda disparar". Bartulín se despidió por teléfono de sus tres hijos, de diez, nueve y ocho años. "Papá, ¿y la guardia de palacio?, ¿y los generales amigos?". No los había.
El presidente y su colaborador se cobijaron entre dos gruesos muros, cerca de la cocina. "Allende me pide un pedazo de pan. Le doy el pedazo de pan, y como había unos pollos troceados, le dije: 'Doctor, voy a cocinar porque a lo mejor no bombardean nunca'. Lo hicieron pronto.
La escuadrilla de Hawker Hunter bombardeó a placer al filo de las doce y durante media hora. Los dos amigos, que se habían hermanado políticamente desde los años de activismo universitario, se acurrucaron juntos para guarecerse de los impactos y ondas expansivas que derrumbaron paredes y activaron incendios en los cuatro puntos cardinales de la edificación gubernamental.
Los sitiadores lanzaron bombas lacrimógenas, los sitiados se colocaron las máscaras antigás, y la gente con instrucción castrense disparó bazucas y ametralladoras pesadas sobre el escuadrón de blindados desplegado por los accesos de La Moneda.
Bartulín cita al presidente impartiendo órdenes, dispuesto al martirio por la causa: "¡Que todo el mundo dispare. No hay rendición!".
Las bombas no mataron, pero su efecto fue demoledor sobre el ánimo de algunos leales. Doce días antes, el presidente se había reunido con dirigentes de la Democracia Cristiana, en casa del cardenal Raúl Silva, para tratar de evitar el alzamiento.
Salió de la reunión abatido: "Esa gente no quiere nada". Todo indica que los democristianos ambicionaban la presidencia de la república, de manos de los militares, para Eduardo Frei Montalva.
El fiel asesor de Allende, el colaborador al tanto de sus entrevistas, agenda y cavilaciones, tuvo una idea para abortar la asonada: movilizar a la opinión pública internacional.
"Doctor, nos está quedando una única salida.
Usted toma un avión y se va a la Cumbre de Argel [Conferencia del Movimiento de los Países No alineados], y luego se va a Roma y habla con el Papa", le aconsejó Bartulín.
Allende había sopesado esa opción, y, durante una semana, un avión estuvo listo para despegar hacia Argel, pero los partidos no autorizaron el viaje del presidente al extranjero.
"Después del bombardeo llega un momento en que la gente que estaba en La Moneda me pide que hable con el presidente para que se rinda", revela Danilo Bartulín.
El médico Arturo Girón, y Eduardo Paredes, ex jefe de la policía civil, junto con el responsable militar del GAP, conocido como Carlos, piden a Bartulín que convenza a Allende de la inutilidad de la resistencia. La Moneda era una pira, y el agua de las cañerías reventadas por la metralla caía por las escaleras e inundaba los salones y estancias de palacio, sometido a fuego cruzado. No había por dónde disparar, y los militares estaban encima. "Presidente, me hablaron para decirme que perder una batalla no es perder la guerra, y que la situación es insostenible. Allende me dijo que sí, que aceptaba la rendición".
Los médicos atan un delantal blanco a una escoba y lo enseñan por una ventana. No hubo tiempo para más. Los pelotones irrumpen por la puerta del número 80 de la calle Morande. Bartulín es detenido porque se encontraba junto a ese acceso y, boca abajo, es molido a culatazos. Allende se batía en la segunda planta, y el general Javier Palacios fue por él. Afirmó que se había suicidado. "Cualquier versión es defendible, también la del asesinato. No hay testigos presenciales", subraya Bartulín.
El posterior calvario del joven chileno de origen yugoslavo que jugaba al ajedrez con Allende hasta la madrugada, que fue su mensajero en tareas políticas confidenciales y que estuvo a su lado hasta el final, sí tuvo testigos. Durante meses le aplicaron corrientes eléctricas desnudo sobre un jergón, simularon su fusilamiento, le reventaron a golpes y mil veces creyó morir a manos de unos verdugos que disfrutaron supliciándole: "Tenías que haber envenenado al Chicho [Allende]. Serías famoso".
La única notoriedad ambicionada por Danilo Bartulín fue la resultante de su lealtad al legado de Salvador Allende, del que nunca abdicó.



Danilo Bartulín:
"Peor de lo que fue no pudo ser"
Uno de los más directos colaboradores de Allende recuerda el 11 de septiembre de 1973 en Chile


Danilo Bartulín fue médico y amigo personal de Salvador Allende. Su imagen ha pasado a la historia gracias a las últimas fotografías en las que aparecía vivo el presidente chileno, el 11 de septiembre de 1973. A su lado, su estrecho colaborador Danilo Bartulín tuvo que vivir una amarga experiencia que, tras años de silencio, ha rememorado para EL PAÍS. En la actualidad vive en el exilio, después de haber padecido el horror de las cárceles chilenas. Alejado de la actividad política, se mantiene atento al proceso que vive su país y que puede poner fin, dice, a "15 años de pesadilla".
Pregunta. ¿En qué momento fueron ustedes conscientes del significado de aquel 11 de septiembre de 1973?
Respuesta. A las 3.30 de la madrugada estábamos en la residencia presidencial. Teníamos una reunión en la que estudiábamos la posibilidad de un golpe para dentro de unos días. La primera información que llegó es que había un levantamiento parcial de la Marina en Valparaíso. Cuando vimos que la cosa no estaba clara, nos fuimos a La Moneda, a eso de las siete de la mañana. Allende habló por radio a las 7.30 y explicó lo que pasaba. Poco después hablan ya en la radio los militares de la Junta y llega el primer bando de los cuatro generales.
P. En ese momento, ¿se dan cuenta de lo que se avecina?
R. Hasta el final, creímos que había solución. La Junta Militar anunció el bombardeo del palacio de La Moneda para las once. Éramos sólo unos 30, pero no podían acercarse por tierra. Allende pidió una tregua para que salieran los civiles, las mujeres -entre las que estaban dos de sus hijas- y los carabineros que lo desearan. Nos reunió a todos y nos dijo que no se iba a rendir y que sólo tenían la obligación de quedarse con él su guardia personal y todo aquel que tuviera un fusil y supiera disparar. Nosotros teníamos bastantes armas, por eso no pudieron tomar por tierra La Moneda y tuvieron que bombardearla. Las famosas fotos en las que yo aparezco junto a Allende en La Moneda están tomadas antes de que saliera esta última gente. A los fotógrafos les quitaron los carretes, pero se salvó uno.
P. Sin embargo, la resistencia fue inútil.
R. Llega un momento, a las 11.30, en que no tenemos información de nada. Pensábamos que a lo mejor se habían decidido a no hacer el bombardeo. A las 11.55 cae la primera bomba. Cayeron 28 bombas, en 14 pasadas de los aviones. Empezó el incendio. Caía agua. Seguíamos disparando, tal y como ordenaba Allende. Él me envió a ver si a través de un citófono conectado con el exterior podíamos tener noticias. Era muy difícil respirar, porque tiraron bombas lacrimógenas. En ese instante entraron por el Patio de Invierno 30 soldados disparando y golpeando a todos con las culatas. En realidad, fui el primer preso de La Moneda, ya que me cogieron abajo intentando conectar con el exterior. Lo último que recuerdo de Allende es cuando me dijo: "Tú eres mi mejor y más leal amigo. Si yo quedo herido, pégame un tiro".
"Disparó hasta el final"
P. ¿Esa fue la última vez que vio a Allende vivo?
R. En efecto, porque a mí me sacaron al exterior y me tumbaron. Desde el suelo vi que iba saliendo todo el mundo, pero Allende no bajó. Subieron a por él. Según el relato que los mismos militares hicieron con posterioridad, Allende disparó hasta el final, murió con el cargador vacío. Después se propagó la versión de su suicidio. Hay una foto en la que aparece sentado en un sillón en una posición inverosímil. La autopsia reveló doble dirección de los disparos mortales. Es ridículo creer que se pudiera disparar dos veces con un fusil desde tan cerca. Lo prepararon para que pareciera una foto de suicida. La autopsia se hizo en el Hospital Militar. A nadie le dejaron ver el cadáver, aunque algunos médicos dijeron que tenía más de 50 balazos.
P. ¿En ningún momento se barajó la idea de intentar salvar la vida de Allende?
R. En varias ocasiones. Yo consideraba que era mejor Allende vivo que muerto. Teníamos incluso un plan previsto para poder salir con él y encerrarnos en una población popular. Sin embargo, Allende pensaba que La Moneda era el símbolo del poder constitucional y que no se podía ceder. Dudó varias veces en utilizar el operativo, pero no quiso hacerlo. A lo mejor eso hubiera cambiado la historia de Chile. Peor de lo que fue no pudo ser.

domingo, 20 de enero de 2008

La última entrevista de Patricia Verdugo


“El periodismo que me enseñaron no me dejó escapatoria”
“La gran periodista Patricia Verdugo murió el domingo pasado, 13 de enero, a las diez y media de la noche, en el Hospital Clínico de la Universidad Católica. Su último y sencillo orgullo fue saber que podía “mirar a los hijos a los ojos, cuando la pregunta es: mamá, papá, ¿qué hiciste tú en ese tiempo? Mirarlos a los ojos”.
Estaba sentada en la terraza, junto a una mesa redonda con mantel blanco, vasos de agua, papeles, periódicos. En la puerta debe estar todavía un letrero que dice Casa Mater y "Bienvenido al territorio libre de mi casa".
Con una voz sedada y sedante, sonrió: "Espero que pueda hacerla bien". Se refería a esta entrevista.
Tenía 60 años recién cumplidos, era un ícono del periodismo chileno y había tenido una vida de novela. "Todo puede cambiar dijo , los maridos, los países, las casas, pero los hijos son para siempre". Dos de sus hijos murieron, muy pequeños, y Felipe fue encargado desde el principio al ángel de la guarda. "Cuando volví de la clínica me quedé mirando a Felipe para ver que respirara... Y entonces decidí: yo no puedo controlar nada de la vida, no puedo ni siquiera retener la vida de mis hijos, y por tanto, Señor, cuídalo, ángel de la guarda, cuídalo. Y que sea lo que tenga que ser. De ahí en adelante ¡son tan libres! que no se le ocurrió nada mejor a Felipe, y después a Diego, ¡que correr en motocross! Pero la libertad es clave, amarlos libremente. Y eso parte con ama a los demás como a ti mismo "
De los preceptos cristianos, ¿ese es el que más te impresiona?
No. La palabra más importante es "hágase Tu voluntad". Para entregarte, para confiar.

LENTES AHUMADOS Y LOS ZARPAZOS DEL PUMA
Patricia trabajaba en la revista "Ercilla" y tenía dos niños cuando su padre, Sergio Verdugo fue secuestrado por efectivos de la Dirección de Inteligencia de Carabineros. Varios días después, su cuerpo fue encontrado en el río Mapocho con huellas de tortura. Entonces comenzó la investigación periodística más importante de su vida. Era julio de 1976. Dos décadas más tarde diría: "Nosotros hicimos todo lo posible".
Luego de tres libros quemantes, "Una herida abierta" (1979), "André de la Victoria" (1984) y "Quemados vivos" (1986), una tarde de 1989, "Los zarpazos del puma" estaba en la calle.
La verdad estallaba.
Patricia Verdugo había escrito esa historia, y lo había hecho con el dramatismo exacto, con la precisión de una obra maestra; sólo que todo era rigurosamente cierto. Una amiga la llamó: "Ven inmediatamente". Ya en la boca del Metro escuchó los gritos, el título de su libro del que se vendieron 100 mil copias sólo en las primeras semanas.
"Me dio susto. Me dio tanta sensación de terror, que saqué mis anteojos ahumados y me los puse, como si alguien pudiese reconocerme. Cuando yo podía caminar por el medio de la Alameda entre todos los libros, y nadie hubiera dicho ahí va la autora, pero igual me puse los anteojos ahumados para pasar entre todos, porque me daba pudor. Eso, pudor".
Tú siempre hubieras sido una periodista notable. Pero el asesinato de tu padre fue un vuelco...
El asesinato de mi padre me hizo más sensible a lo que sienten los otros. Quizás yo puedo haber aprendido a escribir mejor, para poder compartir eso. Porque ¡cómo decirles a los otros lo que significa eso!
¿Toda la vida fuiste súper woman, de no desmayar y no temer, o temer y pasar por encima del miedo?
Es que alguna vez, ante una amenaza más concreta, oí decir "vámonos al exilio", pero entre llorar con otros chilenos en Austria, ¡yo prefería llorar aquí...! Fue tan fuerte, tan fuerte, la fraternidad que hubo entre los que dábamos la lucha como pudiéramos... Yo creo que en el momento clave de la historia de los seres humanos se abren dos posibilidades: ser una buena persona, ética y moral, o ser un canalla. Cuánto lamento los que cruzaron la puerta de ser canallas, pero yo sé lo que se siente de cruzar la puerta de ser, de tratar de ser ético. Es una gran felicidad. Te permite mirar a los hijos a los ojos, cuando la pregunta es "mamá, papá, ¿qué hiciste tú en ese tiempo?". Mirarlos a los ojos.
En "Bucarest 187" dices: "Nosotros hicimos todo lo posible".
Sí. Eso no tiene que ver con Aylwin, sino con los familiares de las víctimas. Hicimos todo lo posible a pesar de que había un Presidente que creía que la justicia tenía medida, cuando la justicia es justicia y punto.
¿Cómo abrieron la puerta ética en una revista censurada?
En todas las revistas disidentes, algo siempre se quedó en el tintero de la censura. Pensábamos que se podía traspasar el límite, y entonces los directores tenían que medir, un mes de clausura, dos meses. Por eso yo no pude entender, cuando estalló el caso Arellano, cómo la revista "Hoy" mientras "Apsi" y "Análisis" lo llevaban en portada , pasó dos o tres semanas sin mencionarlo, porque el director era amigo del hijo de Arellano. ¡Imagínate! Me fui de "Hoy".
Las mujeres periodistas cumplieron un rol muy importante en este tiempo.
Como no podíamos hacer reportajes, ni emitir opiniones, todo se redujo durante un tiempo a puras entrevistas. ¿Cómo hacer la pregunta que permitiera que el general o el coronel dijera, se acercara, a lo que uno quería que contara? A un general, a un coronel, una periodista mujer le baja la guardia. Ya no es un soldado del periodismo el que entró. No. Es una mujer. Una mujer con quien a él le han enseñado a ser galán, amable. No lo puede evitar. Y, además, tiene que ser valiente. Si ella pregunta algo atrevido, él no puede quedar en menos. Jugamos a ese juego durante un tiempo, incluida la revista "Cosas". En los "setenta", el periodismo es nada más "que lo digan ellos", "ellos lo dijeron". Incluso los hacíamos revisar y firmar sus entrevistas.
¿La investigación sobre la muerte de tu padre fue un trabajo extremo?
Yo no quería hacerla. No podía hacerla. Pero nadie hizo el caso de mi papá. Qué habría dado porque una de mis amigas periodistas lo tomara. Hubo un momento en que había una jueza de probada honestidad, Dobra Lusic, y además un policía Héctor Arenas que se creía el rol del policía que tiene que encontrar la verdad, como en las películas. Y fui a Canadá para intentar que se extraditara al hombre que yo creo fue el hechor material...
Hasta ese punto llega tu libro "Bucarest 187".
Después pasaron otras cosas. El caso quedó cerrado por Amnistía. Simplemente hay un almirante, Troncoso, y un general, Brown Galleguillos, que están libres por las calles y no les ha pasado nada, no han tenido ni una hora de detención, y ellos participaron en el crimen de mi padre.
Tú cuentas en "Bucarest" que en las misas de la Vicaría de la Solidaridad se rezaba tanto por las víctimas como por los victimarios...
Todos eran víctimas, es verdad. Pero la impunidad es la violencia invisible de Chile. Estamos rodeados de hechos que producen ira. Duele estar pagándoles la pensión todos los meses a los que mataron a mi papá, a los que torturaron. Uno dice: perdón, ¿de qué se trata todo esto? Y esto tiene una razón política, la impunidad no es una casualidad, es el resultado del pacto. Tal como acaba de develarse que Lagos y la derecha hicieron un pacto para el indulto de los militares y no nos enteramos en su momento; fue un secreto de Estado. Bueno, así también hubo un pacto para que Pinochet no fuera tocado. O sea, Pinochet, de acuerdo a eso, debió morir como senador vitalicio. Fuimos nosotros los que les echamos a perder la fiesta... Que alguien de la UDI crea que salvó al país del marxismo, es obvio, pero que alguien del Partido Socialista vote por cosas que benefician a la UDI en materia de impunidad respecto a sus compañeros asesinados, eso es lo que no tiene explicación.
¿Cómo ves al país ahora?
Yo lo veo tenso; uno podía predecir un aumento de la delincuencia y de la impunidad de los delincuentes, a partir de la impunidad de Pinochet. ¡Cómo robaron, cómo mataron, y no tienen castigo! El castigo que estaba llegando a algunos era porque ya venía el indulto: no se preocupe, general; no se preocupe, coronel, le va a tocar a lo más un año; dos, porque ya viene el indulto. Nosotros no sabíamos. Nosotros celebrando que se haría justicia...
En la grabadora sonó un clic y Patricia preguntó la hora. Eran las doce, yo iba a esperar a un radiotaxi, ella iba al médico. Cuando nos despedimos, la escritora de "Los zarpazos del puma" me tomó las manos. Cartera al hombro, ojos negros y brillantes, sonrió guapa y tranquila, y me dijo con una voz bajita: "Dame energía".